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Ha muerto Rosario Dinamitera, luchadora republicana y comunista hasta el último de sus minutos
ROSARIO, DINAMITERA
(Miguel Hernández)
Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.
Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.
Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!
Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.
Rosario, dinamitera (1919-2008)
Dentro de unas horas cumpliría 89 años, pero Rosario fue enterrada hace dos días en el Cementerio Civil de Madrid. Había nacido el 21 de abril de 1919 en Villarejo de Salvanés, municipio situado a 50 kilómetros de la capital de España. Ella misma me contó hace un tiempo que a comienzos del 35, en plena República, su padre era presidente de Izquierda Republicana (IR) en su pueblo natal. La muchacha, con 15 años cumplidos, entendía poco de política. Tras perder a su madre en plena infancia, su progenitor, Andrés Sánchez, se había vuelto a casar y a ampliar su prole con cinco hijos del nuevo matrimonio. Sin embargo, el hombre quería que su primogénita se labrara un futuro y no dudó en dejarla marchar a Madrid, aunque fuera con un humilde jornal de niñera en casa de unos vecinos del propio Villarejo. Bien quería aquel hombre que Rosario estudiara para maestra o comadrona, que talento no le parecía faltar, pero sin dinero ni recursos para pagarle los estudios no había más dilema que aceptar lo que llegara y cultivar un oficio.
En el año largo que Rosario llevaba viviendo en la capital, aprendió corte y confección y hasta inició estudios primarios en el centro cultural Aida Lafuente, sede de la Juventud Socialista Unificada (JSU), un local situado en el número 10 de la calle de San Bernardo. No obstante, el sábado 18 de julio de 1936 iba a ser una fecha que cambiaría radicalmente su vida y la de millones de jóvenes como ella. El aire festivo de aquella jornada se vio empañado por el levantamiento militar en el norte de África y por el asalto que una enfebrecida masa de obreros protagonizó en el Cuartel madrileño de La Montaña, principal foco de los rebeldes. La tarde de aquel día, Rosario Sánchez Mora, sin dar cuenta a nadie de su decisión y con apenas 17 años, se alistó para defender Madrid y la República del autodenominado Ejército Nacional. "Yo no sabía ni siquiera que las mujeres podían ir al frente, pero en cuanto me informaron, no dudé en alistarme en las milicias populares. Yo luché en una época en la que las mujeres no luchaban. Yo tuve la oportunidad..."
La madrugada del día 19 de julio decenas de camiones partieron en dirección a la sierra repletos de jóvenes voluntarios. Muchos pensaban que era cosa de poco tiempo, que pronto estarían de vuelta. Entre ellos, camino de Buitrago, viajaba Rosario. Ella y sus compañeros tuvieron como destino una de las unidades de choque que se batía en primera línea de fuego bajo las órdenes de otro joven (tenía 26 años) de mediana estatura, barba poblada y aspecto robusto llamado Valentín González, "El Campesino". El mosquetón que tuvo que cargar nuestra muchacha pesaba siete kilos, y con él y con la escasa instrucción que recibió a pie de trinchera, comenzó a luchar con el coraje de un león. Me contaba Rosario Sánchez que nunca tuvo miedo a morir, aunque sí a que el enemigo acabara con la cuadrilla (sus compañeros de batallón) por un despiste suyo en las guardias.
En la Peña del Alemán, al poco de iniciarse la contienda, vio morir a muchos de los muchachos que viajaron con ella desde Madrid. Habían transcurrido quince días y la batalla en la sierra era ya un combate de posiciones. Rosario fue entonces destinada a la sección de dinamiteros que comandaba el capitán Emilio González, un minero de Sama de Langreo especialista en el manejo de dinamita y fulminantes. La unidad tenía su base en una casa abandonada entre Buitrago y Gascones, próxima a la línea de fuego, donde disponía de un pequeño polvorín en el que se almacenaban los explosivos y se fabricaban bombas muy rudimentarias. Rosario aprendió a confeccionar aquellos artefactos valiéndose de botes de leche condensada que convertían en granadas de mano. La mañana del 15 de septiembre de 1936, mientras aprendía a manipular una descarga con cartuchos de dinamita junto a nueve compañeros, la joven no oyó silbar la mecha. La carga estaba húmeda, se quemaba por dentro y no sintió el calor de la llama. El cartucho estalló y destrozó su mano derecha. Antes de que se desangrara pudieron llevarla al hospital de sangre de la Cruz Roja en La Cabrera en estado grave y someterla a una operación de urgencia.
El accidente tuvo tal repercusión que el propio José Ortega y Gasset, sensibilizado por la desgracia de la muchacha, acudió en persona al dispensario para interesarse por su vida. Fuera ya de peligro y tras recorrer un rosario de hospitales, la muchacha no tenía otro pensamiento que volver al frente. Cuando esto sucedió, la unidad de choque de "El Campesino" era ya la 10.ª Brigada Mixta. Disponía de más de tres mil hombres y su cuartel general se ubicaba en el convento de las clarisas de Alcalá de Henares. Rosario fue recibida por mandos y tropa como una heroína y destinada al Comité de Agitación y Propaganda. Fue durante aquel trasiego cuando la intrépida modistilla se encontró con un viejo conocido, el poeta sevillano Antonio Aparicio. Al ser la única mujer de la denominada "Sección de dinamiteros", la leyenda de la "Chacha", como era conocida entre los soldados, había acaparado el interés de literatos y artistas del momento. Lo que la muchacha no podía imaginar era que entre esa corte de admiradores se encontraba el poeta Miguel Hernández.
El escritor de Orihuela se hallaba precisamente en Alcalá de Henares como Comisario Político dedicado a labores culturales, a trabajos de alfabetización de la tropa y, sobre todo, a la difícil misión de renovar la moral de los soldados con recitales y lecturas que levantasen el espíritu combatiente de sus compañeros. Fue Antonio Aparicio quien relató a Hernández la historia de la joven miliciana y quien dio pie a que el autor de "Vientos del pueblo" compusiera uno de sus poemas más divulgados: "Rosario, dinamitera". "Yo no sabía quién era Miguel ni nada -contaba Rosario en un alarde de sinceridad-. Yo sólo sabía que me había hecho una poesía, pero claro, porque me hubiera hecho una poesía no iba a ser un talento...".
El encuentro entre la costurera y el poeta se produjo el 28 de noviembre de 1936. Desde aquel momento, Rosario sólo tuvo palabras para elogiar a Miguel: "Era un hombre de mucha integridad. Trataba bien a todo el mundo. Era amable, cordial, sosegado, dulceÉ, siempre con una sonrisa".
Cuando a finales de 2001 conocí a Rosario Sánchez Mora, la dinamitera, comprendí que tenía delante a las más apasionada y leal defensora del poeta. Su testimonio fue decisivo en la elaboración de la biografía de Hernández. Rosario estuvo a mi lado en la presentación que celebramos del libro en Madrid. En septiembre de 2002 nos vimos de nuevo en un plató de TV, junto a Leopoldo de Luis, para hablar del poeta. Nos reencontramos hace cuatro años en el Ateneo madrileñoÉ Guardo sus cartas, sus dibujos y la copia de alguno de esos cuadros en los que retrató al inolvidable Miguel. Llevaba al poeta tatuado en el alma y, como el poeta, sufrió la humedad de las cárceles, una condena a muerte conmutada por la de treinta años y un día, la ignominia y el olvido. Trabajó como cerillera en la plaza de Cibeles y como estanquera en Vallecas. El pasado jueves murió en el Gregorio Marañón de Madrid, a punto de cumplir los 89 años. Se fue convencida de que los buenos poetas jamás se van de este mundo, de que su lucha como miliciana siempre fue útil, de que la dignidad de los hombres bien vale la mano derecha, y el corazón, y la vida toda.
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